martes, 9 de febrero de 2010

EL VESTIDO ROJO

Esa noche sería como todas, una más; papá y mis dos hermanos, cenando, dejándonos mimar por mamá con su rica comida. Éramos una familia de clase media y vivíamos en la casa que había sido de mi abuelo, un italiano conservador que obligó a mamá a casarse muy jovencita, forzándola a dejar sus clases de ballet. No quería eso para mí. Ambos, mamá y papá trabajaban en oficinas, pero a pesar de eso, mamá también se ocupaba de atender la casa y a nosotros y mis hermanos que eran más grandes que yo, aportaban algo de dinero. Solo un evento deportivo, la transmisión de algún partido de fúbol sacaba a papá del rutinario escenario, en este caso, la copa Libertadores de América.
Sin embargo, había algo que nunca pude entender: la existencia de un vestidor solo para mamá, como los de las estrellas de cine y teatro que se veían en las revistas, al cual estaba prohibido ingresar, aunque uno de mis entretenimientos favoritos era introducirme a escondidas en ese mundo fascinante de colores y texturas, un mundo de fantasías, mi casa de muñecas; a la cual accedía cada día como una expedición. Todo estaba milimétricamente acomodado, cada pulóver en su bolsita, el perchero lucía como un desfile militar y los zapatos en sus cajas etiquetados. ¿Por qué entonces siempre vestía el mismo pantalón negro ya gastado y su camisa beige de raso? ¿Sería para ella esa escenografía la que la haría soñar que era bailarina?
Un día descubrí un vestido que me deslumbró por su color rojo sangre, largo, escote profundo, tajo insinuante… No podía imaginarla inmersa en él…; lo que provocó continuar mi búsqueda en ese océano incierto y encontré una caja de zapatos sin nombrar ¡Que raro eso! ¿Zapatillas rosas de baile como las que usa Eleonora Cassano? Me sentí triste, no quería imaginarme a mamá usando esos disfraces.
La noche que sería una más, mamá nos dijo que iba a salir, que había dejado fiambre y empanadas; que esa sería nuestra cena y yo la encargada de atender a los hombres de la familia. ¿Por qué yo, es ese el destino de las mujeres? Me sentí desprotegida.
No le pregunté adónde iría, por temor a su respuesta, pero mi curiosidad provocó que la espiara con mucho cuidado, como si fuese un gato caminando entre cristales. ¡Tenía que ser un sueño, no podía ser verdad!, se envolvía con se atrevido vestido rojo, maquillándose como para asistir a una función de gala y guardando las zapatillas rosas en su cartera. Todo sucedió muy rápido… ella saliendo de su refugio, impactante, más alta y segura, que no podía ver en esa persona a mi madre.
El partido ya había comenzado; mis hermanos acompañaban a papá en esa liturgia deportiva. Nunca me sentí tan sola, quería gritar ¡miren a mamá !, pero un nudo en la garganta lo impedía y fue ahí, cuando ella cruzó la pasarela diaria delante de ellos, y ellos sin advertirla, se perdieron la oportunidad de verla tan hermosa y de brillar para siempre.

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